PASABA POR AQUÍ

Y no me quedo…

(21/ENERO/2015)

Tóquenme las golondrinas

Queridos lector lectora:

Heme aquí, 90 días después. Les aviso: Me voy, cambio de rumbo.

La migración es una forma de reactivar las intenciones, de despertar la fe, de revivir el amor.

Este no ha sido un intento fallido, sino el primero de mis pasos hacia algo mejor como escritor, como periodista en el exilio de las prensas.

Así que, luego de pensarlo, me mudo de blog. No seguiré acá.

Simone de Beauvoir (Bubié, se pronuncia en auténtico “franchute”) decía: “Las personas felices no tienen historia”. Tengo tanta que mi infelicidad es paradójicamente mi riqueza.

Pronto volveré y aquí les diré a dónde acudir, a quienes aún sientan atracción por mis letras y acentos.

Un abrazo, a la distancia.

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(29 DE SEPTIEMBRE DE 2014)
 … Y me quedé un rato.

 LA GRAN FAMILIA Y SUS CUENTOS DE TERROR

Jorge Romero

Casi pasados los efluvios del más patriótico de los meses para el mexicanote que traemos dentro he llegado a la conclusión de que la convivencia es un estado de éxtasis y el éxtasis no es necesariamente una sensación que produzca un final benéfico y halagüeño.

Para mí han sido semanas así de igualitas a las del resto del año y sólo me he dedicado a estudiar los misteriosos comportamientos de mis semejantes (que no lo son tanto) ante el fiesterío que se arma por la independencia (cuál) que vivimos (dicen) desde hace 204 años.

Todo sea por beber.

El éxtasis, como les decía, es conductor de todo tipo de motivos del hombre (y la mujer, para que no se me enojen las y los feministas –estos últimos son pocos, pero los hay-), desde deseados encuentros familiares hasta indeseados desencuentros con éstos… o con aquellos.

En México, como en la mayoría de los países latinoamericanos (al menos eso me han hecho creer los libros, los viajes y las películas), la familia es nuestro estereotipo de institución. Nuestro paradigma de bienestar afectivo, cimiento de la nación y hasta intocable mandamiento divino, como si no existiese algún incómodo miembro que nos invitara a estrangularlo o mínimo a pisarle un pie y reventarle un ojo de pescado por ser tan mamila o conflictivo. No es perfecta nuestra familia, pero es nuestra. La única que tenemos y la queremos a pesar de sus propios integrantes (y así lo piensan ellos, de uno… y no estoy intrigando).

Esta breve reflexión la considero oportuna antes de contarles, queridos lector lectora, un episodio más de mis aventuras.

Fíjense que mis vecinos (mi familia de hábitat, digamos, en esta rumbosa colonia) poseen una admirable capacidad de gritería, borlote y pachanga, y de generar espectáculos caligulescos y casi sodomitas. Hace unas noches apenas celebraron, junto a los infaltables pastores religiosos de alguna de las iglesitas que pululan ahora para hacer marmaja, un concurso que como verdaderas lumbreras de la imaginación han llamado Señorita Independencia.

Hube de ver primero, al asomarme por la ventana de mi apartamento a mi vecino de enfrente, don Cosme, con sus pantalones de vestir y campana ancha, su camisa floreada y medalla al pecho, oliendo a colonia –a fragancia pues, no a barrio- y tomado de la mano, muy orondo, de su distinguidísima esposa doña Flavia, que de tanto maquillaje parecía pambazo a punto de freírse. Ambos, cuello erguido y cabeza levantada, se reunieron con algunos otros moradores para enfilarse a una cancha de futbol en donde se llevaría a cabo la verbena que coronaría a la flor más bella del ejido, cortesía de la feligresía protestante de la comuna.

Entre los allí presentes, el padrón de mi edificio, el seis, pasó revista: el administrador, de hermoso nombre (Jorge), compulso bebedor, y señora (Eladia). Doña Cuquita, una venerable ancianita de angelical y tierna mirada, quien ha perdido la fuerza de los músculos corporales (creía yo), menos los de la lengua, la cual sigue batiendo con singular alegría cuando se trata de hablar mal del prójimo, junto a doña Rosa, su fiel escudera en las artes de la rumorología. Asistió hasta la señora Agatha, la pipirisnáis del edificio, ella sí vestida de seda y encajes, con bolsa y reloj de marca, pero acompañada de una de sus nietas, pues su esposo es más apretado que calzón de luchador.

Desde luego éste, su Adalid de Petate, decidió hacer gala de sus mejores ropas y acudió solo y sólo para ver lo que allí acontecería. Atestaba el sitio, la mayoría de los habitantes de los edificios, entre ellos jóvenes y púberes que semana a semana se congregan en torno a los pastores.

Luego de una oración de media hora inició la cuenta regresiva y tras la presentación del honorable jurado calificador (casi siempre integrado por el delegado y familia, además de algún politiquillo de quinta con ínfulas de gobernador y quien resulta ser el invitado especial) desfilaron las escuálidas doncellas, ataviadas de los más excéntricos colores chillantes, zapatos de tacón alto cual si se hicieran llamar Dubraska o Lexi y un maquillaje que ya habría querido Cepillín en sus mejores tiempos. Extraño me parecía que siendo como son estos estandartes de la moral pueblerina permitieran tal espectáculo y más cuando cada que terminaba una ronda de calificación, el pastor gritaba: ¡Esto es en honor a ti, Señor!, y todos (menos su escribidor) respondían: ¡Así sea, Señor!

-Esto se va a poner bueno, me dije.

Mi sorpresa inicial fue cualquiera babosada cuando, después de elegir a Dayanara (N) como la Señorita Independencia –con las consecuentes mentadas y gritos de los allegados de las otras participantes sobre un posible fraude-, el pastor anfitrión agradeció a todos su cooperación voluntaria de 100 pesos que había levantado durante la semana previa (y en el acto a los colados como yo), pues permitió contratar los servicios de un musiquero al que, para no darle tanta publicidad llamaremos el Marsupial de los Teclados y quien, a ritmo de unas destrozadas cumbias (cumbias, las de Alberto Barros, diría mi primo El Mix) encendió los ánimos y puso a bailar a todo el respetable entre los que ya rolaban algunas cervezas y un extraño olor a hierba mala –elíxires prohibidos en tan beatos encuentros-. Ya cuando llegó la letra de la canción de “arrincónamela para arriba, arrincónamela para abajo”, con el clamor subsecuente de los enfiestados que casi aullaron de excitación, doña Flavia bailaba eróticamente con uno de los pastores, quien detrás de ella la tenía tomada por la cintura, mientras la Señorita Elegancia y la Señorita Simpatía (segundo y tercer sitio de la competencia que en honor a la verdad merecían la tiara que lucía Dayanara), hacían trenecito con don Cosme, quien ya lucía el pelambre del pecho al descubierto por el calor y los jaloneos que les daban las otrora prudentes doncellas. A un costado y a otro varias parejas daban rienda suelta a sus deseos carnales en tremendos arrimones. La escena, que habría firmado el Marqués de Sade en cualesquiera de sus novelas me tenía boquiabierto y estupefacto; el resto se contoneaba, incluyendo al sector de la tercera edad, entre quienes destacaba doña Cuquita con chico cigarrote en la comisura de los labios y una botella ámbar envuelta en papel periódico, que no podía ser otra cosa que una cerveza tamaño caguama.

¡Omaigad! Qué bizarros y folclóricos somos acá en la colonia, pensé.

Para rematar, el Marsupial se atrevió a pedirles que hicieran una bulla y además solicitó a las mejores bailarinas que subieran al escenario para mostrar cómo meneaban sus caderas, mientras él les aventaba agua en el torso para mojar sus blusas, en tanto la perrada sacaba sus celulares para tomarles la clásica gráfica tipo esprinbreic. Todo un acontecimiento cultural. Ni me espanto ni me doy golpes de pecho ni tampoco se trata de soltarles metralla, pero sí me tomó por sorpresa que un acto social de cariz religioso terminara con tintes sexuales y en un lugar público.

Cada fin de semana, si no salgo de la cuadra, me entero de cosas que no es que sean sobrenaturales, pero sí traspasan la delgada línea entre las buenas costumbres y las perturbaciones. Sé que todos tenemos sentimientos, sensaciones y sueños húmedos y por la noche hay muchos amantes del sadomasoquismo y toda clase de parafilias, quienes por la mañana son hombres y mujeres de bien y padres de familia con necesidad de desfogar sus ansias eróticas. Pero si se hace en lugar público allí están los mocosos tomando nota. Luego no nos quejemos de las aberraciones que suceden si no sabemos poner un freno a nuestros jadeos mentales.

Como dice la juventud de hoy: La familia vecinal es la onda.

 LA FAMILIA PRIISTA

Dicen que el ejemplo cunde entre la familia. Y en el PRI, desde hace 80 años son un dechado de maravillosos estímulos de los buenos modales y valores morales.

Si no me cree, ahí está Alejandro García Ruiz, quien no por ser ex diputado oculta su cepa tricolor. Éste tuvo la gracia de decir en un programa de radio en Tapachula, Chiapas, que “las leyes son como las mujeres, se hicieron para violarlas”. Si quiere tacharme de criticón me aguanto, pero de verdad que ese señor es una bestia cavernaria. Queda asentado que no es la reencarnación de Albert Einstein, pero sus desbarres neuronales son de auténtico primate, con perdón de ellos, no vayan a enojarse conmigo y piensen que soy como el panista queretano Carlos Manuel Treviño Núñez, el que llamó simio al futbolista brasileño Ronaldinho, quien seguro habría hecho dudar sobre la evolución de las especies a Charles Darwin por tan poco criterio para razonar.

Lo increíble del pensamiento de García Ruiz no es que lo haya expresado, sino que lo copió (el político José Manuel Castelao, ex presidente de España fue el infortunado autor hace ya algún tiempo). Lo bruto se pega, en serio.

Ya ofreció disculpas, tan simples como su persona: “Perdón a quienes se sintieron ofendidos”.

El cándido Manlio. Un gran porcentaje de nuestra calamidad política se la debemos a la falta de memoria. Me resulta inconcebible que Manlio Fabio Beltrones exija se haga justicia (ésta conlleva honradez y decencia, cosas que a él no le sobran) en el asesinato del diputado federal jalisciense, Gabriel Gómez Michel. Don Beltrone nos quiere dar lecciones de moral, civismo y patriotismo a pesar de que su mentor fue Fernando Gutiérrez Barrios (quien desafortunadamente descansa en paz y sin castigo terrenal). Gutiérrez Barrios era algo así como uno de los jinetes del apocalipsis. Como dijo alguna vez el columnista coahuilense Juan Alfredo Reyes Ramos: “El Custodio de la seguridad nacional por 30 años era un adepto de la razón de Estado, de la violencia legal y, por qué no, del terrorismo institucional”. Digo, no creo que haya sido su maestro de literatura, pues no sería raro que algún día nos enteráramos que el desaparecido político fue brazo ejecutor de quién sabe cuántos crímenes de Estado.

Don Señor Estadista. La desmemoria nos da para más. Incluso para sentirnos orgullosos del “Jefe de Familia” que tenemos a nivel nacional, aunque sea “candil de la calle” y haya ido a la ONU para ofrecer a nuestro glorioso ejército como parte de las Fuerzas de Paz de la sociedad de naciones. Nuestro Ejército, querido paternóster, ha sido ejemplar en la lucha contra las drogas y en el apoyo total al pueblo mexicano en catástrofes naturales, pero no se escapa a la polémica y a los casos funestos, como el de Tlatlaya, Estado de México, en donde un observador de la ONU (casualmente) asegura que los 22 muertos de hace tres meses son el resultado de una ejecución sumaria y no de un enfrentamiento armado que, de comprobarse, representaría un uso excesivo de fuerza y una monstruosidad, además de una ilegalidad.

A las Fuerzas de Paz les llaman cascos azules, según los diplomáticos; ratas grises, según los pueblos que sufren intervencionismo.

Tres priistas hablando de valores morales. Lindos ellos.

Premio al padre de Familia. Por si eso fuera poco, la Fundación Appeal of Conscience (Fundación por un Llamado a la Conciencia) le entregó a nuestro querido presidente, el “Premio Estadista Mundial 2014” por su liderazgo y por tomar decisiones que han dado un “decidido impulso hacia adelante a su país y a su pueblo”. Dicho reconocimiento –que más bien parece trofeo de liga amateur de futbol- le fue entregado por el rabino Arthur Schneier. Lo anterior me confirma que, sin importar doctrina, no debo creer en los líderes religiosos (pastores eróticos y sacerdotes pederastas olinclusib).

Eso sí, me interesa saber si nuestro ilustrísimo “Jefe de Familia” sería capaz de darles su trofeo como compensación a los deudos de Tlatlaya. O si en el estado de Guerrero están de acuerdo con aquello del impulso hacia adelante. Enriquito prefirió no ir a Acapulco a inaugurar un puente porque sintió como que la prensa (con toda y la consabida censura) iba a complicarle tan noble, profesional y esforzada labor con reclamos y preguntas sobre los crímenes cometidos (los ocho muertos de la última semana, entre ellos el asesinato del secretario general del PAN en la entidad, jóvenes futbolistas, normalistas baleados y más de 50 estudiantes desaparecidos, cortesía de policías y comandos armados). No le faltaría algún costeño, buen anfitrión como son los acapulqueños, que le ofreciera como gesto de buena voluntad un coctel de chilate con arsénico para festejarle su participación en la ONU.

No obstante, estoy pensando en hacer un mole con su respectivo arroz y destapar una botellita de mezcal para agasajarlo por su éxito. Quedan todos invitados a tan mexicanísimo huateque en honor a papá Quique.

La familia es un nido de perversiones, expresó la escritora y feminista Simone de Beauvoir en su libro El Segundo Sexo (1949). Y eso que no conocía al PRI.

VAYA UN BESO

Siempre hay lugar para un recuerdo lleno de amor en estos tiempos tan lastimados por el fastidioso proceso deshumanizante que es la modernidad.

Te envío un beso, Elda Pérez, donde quiera que te encuentres por esos caminos celestiales. Seguro, tan dulcera como eras, estarás comiéndote un buen pedazo de pastel y pidiendo más.

Jamás olvidaré tus cariñosísimas bendiciones y esos gotones de amor que me regalabas cada que los azares del destino me llevaban a tu nicho.

A un año de tu partida.

(Pa’ que veas que sí me acuerdo de ti, viejita).

Ya me voy.

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(15 DE SEPTIEMBRE DE 2014)

… Y me quedé un rato.

EL CARACOL, LA LLUVIA, LA ABUELA Y EL TRASIEGO

A Venus, In Memóriam

(1921-2014)

Jorge Romero

En estos días soy como un caracol.

Ustedes seguro han visto uno: con su frondoso caparazón, sus antenas y su arrastre parsimonioso. Así ando por la vida. Como un caracol.

El menos poético dirá que tiro baba por todos lados adonde me muevo… y tal vez no ande muy errado. Pero éste, su caracol favorito, impregna sus mucosidades cual huellas de tristeza y alegría. Deja su imagen y su olor, canto apenas perceptible al oído, pero sonoro para el alma.

Y es que un caracol puede ser tan duro y pesado como sus tropiezos o, simulando la levedad de los sueños, tan ligero como una hoja en la lluvia.

Precisamente esta noche de viernes es de lluvia. Cubierta de nubes color terracota es una noche que incita a pasárselo en los brazos del amor o del olvido, según situaciones y contextos, según la fortuna de la vida. Y yo, un caracol ma non troppo, escucho al agua chocar sin remedio contra los techos de las casas y el pavimento de las calles. Cae como siempre, pero su final no es el final feliz de otros tiempos. Ya ni siquiera huele a tierra mojada como antaño, cuando se escuchaban las risas de los niños refrescarse en ese manantial divino que desde siempre nos acompaña en ésta, mi agua –como decía Pellicer- que es Tabasco.

Es viernes 12 de septiembre. Me pregunto lo que Kobayashi Issa, poeta japonés, lanzó a nuestros ojos: “¿a dónde puede ir bajo la lluvia este caracol?”.

Me respondo: Solamente a mis parajes imaginarios… y a mis voluminosos recuerdos.

Cuando niño me era casi imprescindible acudir a la lluvia y empaparme completito para reír y ser feliz, como una especie de cura a la congoja de mi soledad.

Aún se podía transitar por las rúas de mi Villahermosa sin necesidad de hacerlo en auto, como seguramente pasaba en cualesquiera de los maravillosos pueblos de mi México. Bastaban la alegría, las ganas, un paraguas y la cortesía suficiente para sonreírle a todo transeúnte que se cruzara en el camino. Ese era el aire (y el agua) de una provincia apacible que fue eterna mientras duró el romance con la inocencia de nuestras causas. La lluvia, creo, debiera ser siempre presagio de milagros y bonanzas, pero entre tantas mudanzas del corazón la hemos convertido en tempestades terroríficas, a partir de febriles pandemias de mala fe que sólo nos estrujan la conciencia.

Y una vez más, queridos lectores confidentes, me siento triste. Trance que se ha convertido, aun con mi desaprobación, en estado habitual. Hace apenas unos días se ha ido otra mujer de fundamental importancia en mi vida: Venus, la abuela materna. La de los rezos inacabables que apenas les conté. La de los ojos llenos de dolor y amor.

Como otras tantas mujeres de nuestro Tabasco, México y Mundo de ayeres añorados, apenas nació en 1921 hubo de conocer las virtudes del sufrimiento. A los dos años perdió a su madre, mi bisabuela, por una bala perdida. Y aún no llegaba a la edad de la punzada cuando su padre (obvio bisabuelo de este caracol que no va por el Sol) fue emboscado y asesinado a machetazos en los tiempos de Tomás Garrido Canabal, precursor social que dejó memorias de desarrollo, pero también muchos muertos por la infame guerra cristera mexicana.

Vivió en casa de tíos y, malamente, debió acostumbrarse al maltrato de ser una arrimada junto a su hermana Cecilia, quien nació con parálisis en sus extremidades inferiores y a quien tuvo que cuidar, bañar, vestir y dar de comer hasta su muerte a finales de los 80. Parió seis hijos, un varón y cinco mujeres. Perdió a una, Socorrito, recién nacida. Enterró a otra (Reyna, “la Chata”) a causa del cáncer hepático, justo en la flor de la edad, pasados los 40, como macabro regalo de un 10 de mayo, no sin antes haber cargado también con la cruz de una lastimosa agonía de tres meses y toda la enfermiza juventud de tan querida hija que además padecía epilepsia.

La abuelita Conchita, como cariñosamente le dijimos siempre –se cuenta en la familia que así quisieron llamarle en la pila bautismal- vivió además una especie de separación marital de mi abuelo Jesús, que no llegó a divorcio, desde finales de los 40. Sin motivo conocido y después de que don Chucho regresó de Estados Unidos a donde partió como bracero en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, jamás volvieron a dormir juntos aunque sí bajo el mismo techo.

-“Ahí buscan a la señora”, decía él, cuando alguien llamaba a la puerta preguntando por ella.

-“Dile a Jesús que ahí está su comida”, comentaba Venus a mi madre, pues nosotros vivimos muchos años con ellos.

Y aunque no se dirigían la palabra intentó auxiliar a mi abuelo aquella lluviosa tarde dominical de junio en 1985, cuando la muerte destrozó su corazón en un infarto. Y lo lloró.

En el transcurso de su calvario individual fue personaje importante del catolicismo en su comunidad y ayudó a levantar una parroquia dedicada al Señor de Tila.

Venus resistió enfermedades e incluso accidentes, como un atropellamiento en sus piernas que, por un mal injerto de piel, derivó en una erisipela aguda. El que la atropelló no tuvo piedad y, según testigos, intentó rematarla, pero no lo consiguió afortunadamente. Ella en cambio le otorgó el perdón y retiró la acusación legal que ya transcurría.

-“Si Dios lo perdona, ¿quién soy yo para no hacerlo?”, nos conmovió.

Hasta el fin de sus días debió luchar contra un enfisema pulmonar crónico a pesar de no fumar. Salvo por la depresión lógica de su avanzada edad, no perdía su buen humor y lo manifestaba sin atisbo de rubor. Si le decías que la mañana estaba fresca respondía: “Es de hoy”. Si le preguntabas “cómo estás”, respondía según su postura corporal: “Acostada, qué no ves”. Se daba tiempo a contar chistes sin mediar color y recordar anécdotas de cada uno de sus hijos, cuando pequeños. Y hacía el potaje de garbanzos y el manjar más ricos que haya probado hasta lo que va de mi andar por la vida.

“Ustedes ven la tempestad y no se hincan”, repetía cada que alguno de nosotros, los mocosos consanguíneos que éramos sus nietos, pedíamos y pedíamos para comprar golosinas, refrescos, cuentitos, canicas, trompos o papalotes. Cuando caían las lluvias fuertes, literalmente ella se arrodillaba ante sus sólidos y mexicanísimos altares y prendía un cirio para dar calma a la ira divina de los aguaceros, mientras rezaba en silencio para que la tormenta amainara.

A sus casi 93 años partió al umbral -el 7 de septiembre, lluviosa tarde dominical, como lo hizo don Chucho- de aquello que desconocemos pero, sabemos por Fe, es la vida eterna. Tuve tiempo de despedirme de ella. De sentarme junto a su cama, tomarla de una mano y decirle una y otra vez que la amo. Sé que me escuchó porque en su agonizante estado de inconsciencia me apretujó los dedos. A los pocos minutos que salí de su habitación y regresé a casa me llamaron para decirme que el espíritu de la abuela ya no estaba con nosotros.

Me es de enorme consuelo saber que su menudito cuerpo descansa, exactamente, el sueño de los justos, porque así fue su vida casi en todo momento. Y que pronto será polvo, pero jamás olvido.

Tuvo el funeral que habría querido: tumultuoso y emotivo, con dos sacerdotes de su comunidad nombrándola casi como matriarca, entre los aplausos de todos quienes allí la acompañamos. Fue una lluvia de tristeza, pero también fue un torrente de alegría por tan ejemplar vida.

“El mundo nace cuando dos se abrazan”, escribió Octavio Paz en su “Piedra de Sol”.

Desde acá te abrazo, Venus… ya habrá tiempo de que renazcamos en otro mundo.

Mi abuela nunca temió demás a la lluvia porque siempre le quedaba la posibilidad de hincarse si ésta se convertía en tempestad. Eso hacían las señoras de antes… y los señores también. Y nosotros que no sabíamos ni lo que hacíamos, aunque inocentes seguíamos el ejemplo para motivar a Dios en esa imploración que no cesaba hasta que el último rayo se esfumara. Hoy, salvo los animalitos –y en especial los perros-, nadie guarda respeto por Dios cuando truena y centellea en el cielo. Tarde será cuando esta especie maldita se arrepienta.

Estoy tan triste como pareciera que lo es un caracol en su andar. La lluvia no se ha ido y me recuerda gota a gota que la soledad es más oscura que esta noche. Ahora no voy a criticar a político alguno porque sería demasiado sujetar estas líneas a su groserísima presencia. No vale la pena ese trasiego en mi modesto homenaje a la madre que hubo de parir a la mujer que me dio vida.

Quizá el amanecer me encuentre despierto, pero como dice Eduardo Sacheri: “En los días de lluvia, el sol es un intruso imperdonable”.

Ya me voy.

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(2 DE SEPTIEMBRE DE 2014)

… Y me quedé un rato.

 

DEJAD QUE LOS PERROS LADREN…

 

Toda Consulta causa honorarios

 
Jorge Romero

No se los había dicho: estoy enfermo… De espíritu, claramente.

Tal vez también lo esté del cuerpo, pero prefiero no saberlo porque, si me entero, me voy a caer a pedazos y créanme que lo que menos quiero en estos días es acelerar mi entrada a la lista de obituarios ni ser objeto de lástimas y conmiseraciones, adornadas por esos lugares comunes que de tan comunes son bastante corrientes y de mal gusto como: “Era buena gente…”, “¡no, si tenía lo suyo el finado!…”, “¡ay Dios, pobrecillo, tan guapote y hermoso que estaba…”, “¡ya no se me hizo con él!…” y cosas así por el estilo que aún siendo verdad a nadie consuelan. Prefiero que mis fantasmas sigan atormentándome; mis demonios, odiándome; y ustedes, nobles y pacientes lectores, leyéndome, aunque sea a chaleco. Así que lo dejo en una probabilidad como que estas líneas les gusten o les aburran, dependiendo de aficiones literarias.

Ustedes no se asusten por leerme así, taciturno y cariacontecido, pues la enfermedad espiritual es fuente de inspiración y entre más lo esté su Adalid de Petate, menos sonseras plasmará en estas hojas de vida y crítica en las que ha sido capaz de tocar la Luna con las yemas de los dedos para luego caer irremediablemente hasta lo más profundo del olvido y del entierro. De la soledad, vitanda e indeseada. Temida.

Sin embargo y en contraparte de mi ominoso temor al Imperio de la Conciencia, como gentilmente llamó Gustavo Adolfo Bécquer a la soledad, ésta me ha acompañado, unas veces sigilosa y angustiante, otras, ruidosa y felizmente, en casi todos los momentos de mi vida.

Les diré que cuando niño, en mi Villahermosa de verdes y aguas, era tan tímido y solitario que aborrecía los lunes de homenajes a la bandera, con las dichosas monjas aquellas que les conté. Sufría cuando se acercaban los meses patrios (septiembre y noviembre) que, invariablemente, a las tiernas y bellas siervas que nada tenían de cuitadas se les ocurría la mexicana idea de las poesías corales y las representaciones de aquellos héroes que dieron prez y gloria a nuestro engañado país (muchos de ellos que en realidad sólo fueron conveniencieros). En una de esas tantas veces me tocó ser Don Venustiano Carranza y con barba de algodón y toda la cosa hube de pararme frente al micrófono para titubear y casi al borde de un colapso, llorar porque olvidé el resumen biográfico que supuestamente me sabía de corrido.

¡Horror al crimen! Las carcajadas de mis compinches polluelos fueron estruendo y el regaño en el altavoz no se hizo esperar: “¡A ver ese Carranza que se quite y le dé paso a Zapata que sí quiere hablar!” Para mi mala suerte el pinche Zapata sí habló y obviamente que me sentí tan solo y maltrecho que fui la comidilla de todos durante una semana. Así de solo me sentí.

Todas las tardes tenía la desventura de jugar con amigos imaginarios porque mi temerosa madre rara vez me dejaba salir a la calle por miedo a que un auto me atropellara o alguien me raptara. “¿Qué tal que te lleva un mariguano?, ¡Jesús bendito, ni Dios lo quiera!”, decía La Negra y me cerraba la puerta. Allí me quedaba entonces y debía jugar al futbol o al beisbol o a los soldados o a las canicas, solo. Y narraba las partidas. Era tan valiente que veía a El Santo pelear con vampiros y mujeres lobas en sus películas y me animaba a tirar patadas y a exclamar: “¡Yo le pego al Diablo!”. “¡Una cucaracha!”, gritaba La Negra y reía al verme correr para subirme a un mueble cuando huía despavorido ante la maléfica presencia. Toda esa soledad superé, aunque a la fecha sólo tolero a la cucaracha de la canción, y eso porque “ya la llevan a enterrar”.

Lejos de lamentarme, en lo más íntimo de mis momentos infantiles aprendí a disfrutar de la lectura que, fiel escudera, fue un artilugio para desmadejar miedos. Aprendí a leer con unas enciclopedias de la Segunda Guerra Mundial que mi padre me trajo de Estados Unidos, a finales de los 70. Cuando hacía alguna travesura y sabía que La Negra me buscaba para ajustarme cuentas me encerraba en el baño con algún tomo y era capaz de pasar horas allí aunque mi paciente madre me esperaba para darme la zurra del día. Desde entonces tengo cierta predilección por esa etapa de la historia moderna de nuestro vejado planeta.

La adolescencia y la juventud cambiaron mis rasgos introvertidos y me convertí en bufón y centro de atención de todo acontecimiento de mis compañeros de escuela y calle, pero siempre hubo tiempo y lugar para estar conmigo y nadie más… y mis libros. De ahí en adelante, debo decir, he disfrutado mi soledad y la desolación que ha conllevado en muchas ocasiones, como hoy. Porque sufrirla es también gozo y placer.

Desde que pude tomar un libro entre mis manos he disfrutado de leer porque sólo así me sentí fuerte y seguro de enfrentar mis miedos y sus caminos.

“La soledad, el sentimiento y conocimiento de que uno está solo, excluido del mundo, no es una característica exclusivamente mexicana. Todos los hombres, en algún momento de sus vidas, se sienten solos. Y lo están. Vivir es separarse de lo que fuimos para acercarnos a lo que seremos en el futuro. La soledad es el hecho más profundo de la condición humana”, dice Octavio Paz en su Laberinto de la Soledad.

Por eso ahora en medio de tantos subidones emocionales intento salir del agujero realizando el mejor ejercicio que uno puede darle al espíritu para que no se haga guaje y se levante: escribir –aunque la desbarre- y leer.

Porque, ¡qué bonito es leer, verdad de Dios!

Leer no debe ser sólo una pose hipsteriana, intelectualoide o una apariencia para enarbolar aires de sabiondez y omnipotencia que, dicho sea de paso, son megamamonas. Quien lee debe ser humilde para decirlo y, además, para enseñar qué lee… brindar y brindarse, compartir lectura y cultura. Y es que en verdad es una cosa maravillosa. No como una tevé o un teléfono, “inteligentes” – lo son tanto que tienen el poder de idiotizarnos por horas- con mucho de electromecánica y poco de espíritu. Tomar un libro y hojearlo (y ojearlo) da una sensación como de niño con juguete nuevo si uno analiza que las únicas pilas que requiere son las del corazón.

Al margen de buena costumbre, la lectura debiera ser gratificante para todos. Así como dormir, comer, defecar y copular son necesidades y placeres de la carne, la lectura -como el amor- es una necesidad de la mente y un placer para el alma. Los mexicanos (y los humanos en general) podríamos ser un pueblo benéficamente distinto si leyéramos más. Sin embargo, para eso habría que fomentar la literatura y no es precisamente algo en lo que deseen invertir tiempo y (nuestro) dinero los gobernantes porque, ¿imagínense letrados lectores que ustedes y yo utilizáramos más de las 500 palabras que en promedio soltamos a diario? Si de por sí les cuesta trabajo comprendernos mal hablados qué sería si en lugar de mandarlos a la chingada en marchas y plantones les saliéramos con que queremos debatir de frente, constitución política en mano, sus absurdas iniciativas de ley. Por eso mejor incentivan la enajenación que produce el fanatismo por la televisión charra, las películas jolibudescas, los narco-musicales y los espectáculos deportivos que como catastrófico resultado arroja que los estanquillos estén llenos de portadas policíacas y de volúmenes del Libro Vaquero y del Sensacional de Traileros.

Confieso con toda sinceridad que a pesar de estas recomendaciones no soy tan ávido devorador de letras y acentos. Me cuesta mucho trabajo atreverme a buscar nuevos autores entre obras colosales y vademécums, y paso horas y horas viendo qué elijo. El tiempo llega a desesperarme, así que con mi habitual impaciencia regreso a los clásicos y a mis clásicos, entre los que siempre me ha parecido hasta místico El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha, escrito por Miguel de Cervantes Saavedra, aquel tótem literario de la Hispanoamérica de todos los tiempos.

Ustedes dirán: “quién no lo ha leído”. Pues no. Resulta que al menos acá entre pantanos y flores, en mi fértil y húmeda tierra que es Tabasco, se cuentan con los dedos de un manco. Seguro todos (y cuando digo todos me refiero a todos) hemos escuchado hablar de semejante novela, de Don Quijote, Sancho Panza y los molinos de viento. Es frecuente y variado encontrar estatuillas, pinturas y toda clase de objetos alusivos al mentado personaje y uno hasta piensa que la mayoría de quienes los tienen en verdad han leído la obra, pero el conocimiento, ya no digamos su lectura, es tan tristemente pobre que asombra cuando uno los escucha decir alguna barbárica frase que, suponen por su mediática y vulgar propagación, salió de la imaginación del autor. Y la realidad es otra. Cuando nos falta literatura, ésta se convierte en una hermosa mentira. Como aquella ya célebre de “Como dijo Don Quijote: Los perros ladran, Sancho, señal de que cabalgamos”. Pues resulta que ¡naranjas agrias! El Quijote jamás dice algo parecido durante sus aventuras. Mas todos, alegremente y en clara muestra de sentirnos muy chichos, la repetimos sin cesar porque por allí la escuchamos y a alguien bastante obtuso (seguro era un político o de menos funcionario público de alto nivel) se le ocurrió decir, hace ya mucho, que emana de la máxima obra cervantina.

Enfrascados en una controversia, algunos estudiosos refieren a Rubén Darío, el poeta nicaragüense y orgullo de América Latina, como el autor de la famosa frase, pues alguna vez la escribió (desde luego que sin hacer alusión al Quijote); otros han querido atribuírsela a Unamuno, pero los más acertados según los expertos alegan que 60 años antes de Darío, el literato, dramaturgo y científico alemán, Johan W. Goethe, la dijo en uno de sus poemas conocido como El Ladrador: “Quisieran los perros del potrero/Por siempre acompañarnos/Pero sus estridentes ladridos/Sólo son señal de que cabalgamos”.

Así que otorgarle la autoría a Cervantes es tan equivocado como asegurar que Nicolás Maquiavelo escribió aquello de que “El fin justifica los medios”. En descargo argumentaremos que enunció algo parecido: “Y en las acciones de los hombres, y particularmente de los príncipes, donde no hay apelación posible, se atiende a los resultados”. (El Príncipe, capítulo XVIII).

Entonces ni los perros le ladraron al espigado aventurero ni mucho menos los ladridos eran señal de que él y su escudero cabalgaban. Exoneremos a Cervantes.

Pero a quienes no puedo dejar de juzgar es a esos ingratos integrantes de una tal Federación Mexicana de Canófilos que dicen amar a los perros y tienen costumbres trogloditas.

Como en México tendemos siempre a callar lo que nos molesta escuchar, ahora resulta que estos viejos feos de delicados oídos (yo sigo malito del ídem, pero palabra que nada tengo que ver) amanecieron inspirados y se les había ocurrido proponer al Congreso de Nuevo León, en Monterrey, que los perros dejen de ladrar para no escandalizar los vecindarios y como es imposible platicar con ellos para llegar a un acuerdo (con los charros directivos, porque los perritos sí harían caso) la inspirada y noble Iniciativa de Ley incluía cortarles las cuerdas vocales. Una idea que en algunas partes del Mundo se lleva a la práctica casi como llevarlos a bañar y a cortarles el pelo a los animalitos. Eso entre otros bestiales actos que acostumbramos realizar los humanos contra otros seres vivos.

A mí me parece de un enfermo de idiocia la idea de que los perros deban sufrir la mutilación de su facultad de expresarse “verbalmente”. Nomás por esa iniciativa me gustaría conocer al presidente de tan distinguida federación. Sería interesante hacerle una tomografía para descartar que tenga los intestinos en el cráneo.

Afortunadamente -desde luego, aconsejado por alguien más sensato que le habrá dicho “la’tamos cagando, manito”-, desistió de llevar su plan al congreso.

No les había contado que tengo dos hermosas hijas. Una es morena y la otra es güera. Ambas son traviesas y glotonas. Nada me gusta más que oírlas expresar sus sentimientos en cada ladrido. Me hacen muy feliz así.

Ciudadanos del Mundo: Menos propuestas como esas, por favor.

Propongo, en cambio, que a los políticos, casi todos mentirosos, deshonestos y barbajanes no sólo les corten su larga y viperina lengua sino todo aquello que represente abuso de poder, incluido el fuero y sus viáticos. O mínimo que la Lady Chiles les dé una sobajada de a peso.

En estos días veo cómo en mi pobre patria cunde esa terrible perversión en que han convertido los partidos a las Consultas Ciudadanas. Tanto pujar para su validación constitucional y ahora resulta que el principal objetivo que deben cumplir –someter a la voz del pueblo aquellos actos de la autoridad que creemos son lesivos para la mayoría- vale pitos. Con dos o tres, como kermés de pueblo por todo el país, se trata entonces de obtener más firmas en una para descalificar a las otras y salirse con la suya.

Cito entonces a Cervantes y una frase de Don Quijote que sí es real y lapidaria: “Es tan ligera la lengua como el pensamiento, que si son malas las preñeces de los pensamientos, las empeoran los partos de la lengua”.

Pensar pendejadas es malo, decirlas es peor. Sin embargo, para planearlas y ejecutarlas de verdad que hay que ser muy bruto o diabólico, además de amanecer inspirado y creativo.

Toda consulta causa honorarios, así que no les firmo ni madres.

Ya me voy.

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(25/AGOSTO/2014)

 … Y me quedé un rato

¡Que no toquen a sus putas!

À votre santé!

Jorge Romero

Ahí tienen que he andado un poco maltrecho. Entre estreses y achaques de la depresión que me corretea desde hace mucho (mejor conocida por mis allegados del alma y del cuerpo), las fuerzas y la razón me fallan. Ahora mismo, no sé si por invocar a la cofosis en el artículo anterior, ha llegado a mí una otitis de menudo tamaño (no es una hermosa diosa griega sino una infección de oído) que me trae viendo doble a todo aquel que se me pare enfrente. Por eso evito los espejos, pues soy de prominente frontispicio.

Nada me excita (hablo de ponerme chido. La excitación no es química exclusiva del libido, ¡golosos!). Ni siquiera escuchar a alguien tan jacarandosa como Totó La Momposina, con sus alegres ritmos afrocolombianos, me levanta el ánimo.

Es por eso que estas letras y acentos, mis queridos (y abandonados) lectores, comencé a escribirlos hace 12 días y apenas los he concluido en un viaje por el tiempo que me parecía interminable a falta de inspiración y de una brújula para encontrar las teclas, con tanto zumbido que me invade.

Y con todo eso qué difícil es escribir. Sobre todo si uno tiene conciencia y ésta dicta que para hacerlo antes debo pensar con el fin de no causar daños irreversibles en el cerebro del lector.

Las letras son bonitas. Hay que verlas a ellas tan curvas y rectas, tan lacias y enrizadas, tan gordas y flacas, pero pueden ser también una sensual mentira con ligueros y corsé.

Recuerdo que cuando era niño más que escribir me encantaba dibujar y, para mi edad (aquella de hace 35 años), lo hacía tan bien que, dicen, hasta gané un concurso sobre la Revolución Mexicana. Y dije “dicen” porque no recibí ni premio ni reconocimiento más que la palabra de las monjas aquellas que me aleccionaban y se encargaban de frustrar mis intentos de convertirme en un Rivera o un Orozco (o tal vez un Van Gogh, aunque hoy, más que perder una oreja tengo desconchinflado un oído)… y como ya les había mencionado en una monserga anterior que resultaron no ser de fiar, mejor ahí la dejamos para no iniciar un nuevo ensayo sobre mi eterna lucha contra aquellas angelicales señoritas de quienes ya hace rato me emancipé.

Crecí en un pueblo persignado pero rebelde, bastión histórico de la Guerra Cristera y a la vez cuna de devotos feligreses, entre ellos mi abuela y mi madre. Siempre con el rosario en una mano y la espada en la otra, cual siameses de clérigos y barbajanes aventureros que nos conquistaron y cristianizaron en los milquinientos, las vi y las oí –y sigo viéndolas y oyéndolas, felizmente- rezar, rezar y rezar…

“Dios te salve, María…”, “Gloria a Dios Padre a Dios Hijo…”, “Virgen María Purísima antes del parto” y muchas frases sagradas más que escuché y me grabé sin siquiera saber qué significaban.

En aquellos ayeres era para mí y mis hermanos (jumento a la vanguardia) una obligación sentarse a un lado y oírlas a ellas, mis queridas viejas, que leían toda letanía mientras nos miraban con el rabillo del ojo, como francotirador, en espera de un movimiento en falso para levantarnos la ceja en clara advertencia de que terminando el sacrosanto momento de sumisión feligrés vendría el sincero y enardecido chancletazo a ponernos en orden. Yo por eso creía que eso era como una preparación para el combate.

Hoy sé que mi adorada madre Magnolia, alias la Negra según mi padre (y mi nonagenaria abuela Venus, Doña Conchita, casi una matrona romana amada o al menos respetada por las tribus de todo el barrio) lo hacían para pedirle a Dios por nuestro futuro y porque nuestras almas no se descarriaran. Fallaron, yo creo que por la beligerante actitud de interrumpir el rezo para silenciarnos.

Los aires de provincia aún se paseaban gustosamente por mi amada Villahermosa cuando La Negra parió a éste, su Adalid de Petate, hace poco más de 41 años. No hace tanto, la verdad.

Mi tierra era un crisol de verdes inimaginables aunque reales, era una mirada de confites en sus flores y en sus aguas, era olor a chocolate, era sabor a marquesotes y era ambiente de hermandad. Yo no lo entendía tan pleno, pero aún conservo en la memoria el gusto que les daba a mis mayores caminar por las calles de mi pueblo y saludarse unos con otros en alto vuelo de vehemencia y cortesía.

Esta sureña ciudad era pues uno de tantos oasis de mi querido México, alejada del bullicio y la maldad que reinaban campantes y orondos en la capital del país, antes de que dichas plagas se extendieran cual ébolas malévolos por doquier.

Pero claro, entre tanta candidez había espacio para embriagarse con pretexto de nuestro abominable clima. Alegres parroquianos poblaban cantinas y comederos con el firme propósito de libar néctares etílicos para amainar el calor que siempre, eso sí, nos ha dado duro y en la choya con peculiar fuerza. Y si no se lo quitaban al menos lo olvidaban viendo elefantes rosas y duendes verdes.

Los lupanares, escondidos y a la vista en esa extraña dualidad de: “dicen que en esa casa están las muchachas”, eran desde luego el recinto soñado de la perrada -la juventud plebeya pues-, decidida a hacer válida la mancebía que la exaltaba como manada de sementales en ciernes.

Desde los 50 estaban y estuvieron, entre otras, míticas lenonas como La Chicle Negrito, La Zarca, La Marcolina, La Licha Zaldívar, La María Eugenia, La Pancha Limonchi, La Güera Sucia, Doña Flavia, Lucía Piedra, Gudelia, Estela Pech, La Matildona, Doña Chona, La Negra Cupido, La Cucaracha, Doña Chila, Doña Jova y La Chunca, apelativos jocosos dados por un pueblo que siempre se ha caracterizado por un gran ingenio para apodar a los comuneros. Entre todas ellas, la más cotizada en mis primeros años de vida era Doña Josefina La Turca. Su espacio recreativo se ubicaba en una de las calles más antiguas de la ciudad, tan empinada como la azarosa desventura de este país y la acción laboral de las prestigiadísimas suripantas en cuestión.

-¿Papá, qué venden las Turcas?, pregunté alguna vez al donador de la esperma que me trajo, quien, titubeante no reparó en la procedencia de mi incómodo deseo de conocimiento derivado de algún comentario que mis púberes primos habrían hecho entre sus picarescas pláticas, en las que yo sólo paraba oreja.

-Horchatas, hijo… agua de horchatas, contestó porque su escribidor apenas si tenía 8 años y desde luego no habría entendido que las reinitas posaban en lecho de ayuntamientos.

Entonces, para mí, eran vendedoras de horchatas. Más tarde comprendí que las turcas ponían la jarra de agua y los machotes les llevaban el frasco de jarabe. O sea.

El chiste es que mi pueblo vestido de macuilíes y framboyanes tenía también mucho de teatro y apariencia para disfrazar nuestras legendarias y naturales parafilias, aplacadas por tan benefactoras personas. Tan productivas y positivas, que a las turcas hasta una parada (y no es albur) de transbús les hicieron en pleno centro de la ciudad, justamente por donde despachaban (y otra vez no es albur).

No Fornicarás dice La Biblia. Y tendría razón en la estricta acepción del verbo si se refiriese únicamente a copular con quien no es la pareja de uno. Pero sería mejor, digo yo, que dijera “No fornicarás al pueblo”, como acostumbran nuestros estúpidos y sexuales gobernantes.

Y mientras aquí y en China (literal) los prostíbulos mutaron a teiboldances o se ramificaron asegún para darles caché, fíjense que en Francia están prohibidos los burdeles desde hace más de un siglo y ejercer la prostitución en la calle es una actividad penalizada con casi cuatro mil euros, es decir 70 mil pesos, centavos más, centavos menos.

Francia, recordemos, es un país abolicionista por antonomasia –sinécdoque más que justificada si acudimos a los principios de su revolución: Libertad, Igualdad, Fraternidad- y no considera que vender caricias sea un oficio como otro cualquiera. A pesar de esto lleva ya largo rato en un debate a causa de una ley reciente que, en principio, no debería provocar tanta polémica y controversia: multar a los clientes de las chamaconas.

Si se trata de multarlas a ellas no hay problema (¿y la igualdad, apá?), pero como es a ellos y a su dinero a quienes concierne, los autodenominados 343 cabrones –un grupo de varones entre los que hay escritores, abogados y periodistas- protestaron y desde hace meses lanzaron un manifiesto llamado “No toques a mi puta”. El pueblo, hipócritamente mocho como toda masa, los insulta tiro por viaje en las redes sociales, pero… ¡sorpráis!: el Parlamento, desde Versalles, les dio la razón.

La otrora Galia no es un país que se preste al “aisevá” como pasa en San Lázaro y en nuestra sociedad en general. Allá todas las partes en conflicto argumentan, fundamentan.

Los 343 cabrones apelan a la libertad, al amor libre, al derecho a gozar del sexo aunque haya acuerdo mercantil por medio y le exigen a su gobierno que no interfiera en sus deseos (“en sus culos”, dijeron así de exquisitos). Eso sí, no explican por qué callaron en 2003, cuando el queridísimo Nicolas Sarkozy, entonces Ministro del Interior (Secretario de Gobernación dirían pomposamente Chong y Peña) promovió una ley de multas a las putas. Sin embargo tuvieron la inteligencia de mandar un mensaje equivocado, dado que no las defendían a ellas sino a sí mismos, habituales fornicadores y consumidores de sexo pagado.

Pero tampoco todo es blanco o negro. La decisión del Senado la aplaudió el Sindicato de Trabajadoras del Sexo, a pesar de que no son compinches de los 343 cabrones. Una frase del gremio resume exactamente su posición: “Instrumentalizan nuestro dolor para justificar una penalización que no resuelve los problemas de explotación y trabajo forzado que padecemos”. No se sorprendan, las chicas son mujeres y como mujeres tienen derechos.

Eso sí, les cuento que aun con la decisión de les sénateurs hay tres ministras del gobierno que apuestan por ponerles en la madre a los cabroncetes y su lucha por una lógica elemental, ya que para ellas es evidente que la prostitución no tiene nada que ver con el sexo libre, al que Francia, cachondísimo pueblo según se ve en sus películas, no renuncia, pues el 90% de las casquivanas son extranjeras secuestradas por las mafias (putas a huevo, diría mi amigo el Machaquito), lo que da al traste con sus revolucionarias y universales insignias del pensamiento humano moderno. Así que terminar con la captación pasiva de clientes y penalizar al consumidor ofrecería una alternativa más justa para los derechos humanos en la napoleónica nación.

Mientras allá se agarran del chongo para poner orden en una cuestión de moral y buenas costumbres, acá nuestros legisladores y altos militantes de partidos políticos –cuando andan inspirados los angelitos- dizque promueven en las curules que haya mano dura contra la Trata de Blancas, y en sus privadísimos aposentos (ni tan privados porque los vimos, ¡condenados calenturientos!) le dan vuelo a la hilacha contratando precisamente a las prostitutas que según desean liberar de las organizaciones criminales.

Gentiles PRIstitutas, ¿a qué horas van por el PAN?

PD.- Por si se quedaron con la duda: no probé esas horchatas… Aunque nunca es bueno decir “de esa (o aquella) agua no he de beber”.

¿Les gusta la horchata? Ya me voy.

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(8/AGOSTO/2014)

…Y me quedé un rato

Jorge Romero

DIOS ES HUMOR

Ustedes dirán ¡inch’loco! o ¡qué blasfemo!, pero a veces creo que Dios es humorista. Y no cualquiera, sino uno de a de veras, no de los que rellenan la caja idiota. Así le llamaba el buenazo de Carlos Monsiváis con todo y gatitos al aparatejo ese, invento del mal, que desde hace 70 años –casi tanto como el PRI- ha servido para eternizarnos en el aislamiento de nuestras patéticas realidades. Les juro que yo casi ni lo veo ni lo oigo (Carlos ‘Don Ratón’ Salinas de Gortari, dixit).

Prender la tevé sirve para maldita la cosa: cuando no son los melosos dramas noveleros, son los (también melosos) Casos del Congreso Real, con Silvia Prinal, Perredito Fernández y Pancisco Gattorno. Y puro atiborre de comiquitos pan sin sal, necesitados de apuntador para repetir como idiotitas los diálogos en doble sentido dictados por los guionistas. Qué hueva me dan con su albur barato. El pobre de Chava Flores ha de taparse los oídos desde el cielo, pues mientras él tejía históricas picardías chilangas, estos abortos de Carmencita Salinas despanzurran nuestra colorada y finísima tradición de virar el pudor del que se nos atraviese.

Decía entonces que prenderle al televisor (¡pantalla… que mucho me costó!, alegaría mi primo el Mix) hoy no tiene gracia. No hay nada de calidad. Algo que uno pueda gozar a carcajada limpia con digna y campechana desmemoria social, mientras el SAT, los gobiernos (federal, estatal y municipal, así en fila) nos colocan en posición fetal para darnos nuestra ración diaria de “jarcor” que sólo ellos disfrutan.

Por eso digo que al menos las historias de Dios son dignas de contarse. Y lo repito: es un magnífico humorista. De esos que con singular toque son capaces de llevarnos del llanto a la risa y viceversa en una idea, en una situación… en una vida, que es apenas un pestañeo para Él. Aunque a veces su humorística justicia nos parezca cruenta.

Basten dos ejemplos míticos:

¿Cómo es posible que Beethoven, en su más grandioso momento ya ni siquiera escuchara los aplausos ganados por el placer que le brindó a sus oyentes (ellos, sí) de la novena sinfonía?

Tendría más lógica que la cofosis hiciera presa de mí por chutarme cada fin de semana el concierto del Komander desde el Tepetongo Music Hall, finísimo detalle mágico y musical que me obsequian día a día, a todo lo que da en su modernísima tevé LED de 236 pulgadas con sonido estereofónico (y cacofónico), mis no menos agraciados vecinos del departamento 10, allá en mi rumbosa unidad habitacional.

O que, siendo su mayor gusto la lectura, Borges haya perdido la vista.

Me es difícil aceptar que quien nos regaló –entre muchas otras- la belleza de una trova tan emotiva y profunda como el Poema de los dones haya construido tan maravillosos versos sin poder plasmarlos de puño y letra en un papel: “Nadie rebaje a lágrima o reproche /esta declaración de la maestría/ de Dios que, con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche”.

¿No es hermoso?

Y en cambio ustedes tengan que leer mis soporíferos escritos. En cualesquiera de los dos casos, ni Beethoven ni Borges dejaron de hacer lo que más les gustaba y, de paso, nos sumergieron en los efluvios del arte como pocos lo han logrado (desde luego que si en la escritura estoy no digamos lejos sino años luz de llamarme Jorge Luis, más lo estoy en la música de que me apelen -no piensen mal- Ludwig).

Pero también en México se ha dado gusto Nuestro Creador a la hora de escribir guiones cargados de ironía: Emiliano Zapata, el héroe de Anenecuilco, el Caudillo del Sur que peleó por el derecho a la tenencia de la tierra, fue protagonista de una de sus puestas teatrales.

Guerrero como el que más, luchador social indomable, sólo fue acallado a traición y muerto a mansalva. Así, su célebre frase de “La Tierra es de quien la trabaja” pasó a “La Tierra es de quien te la baja”. Al final tuvo su porción de tierra, aunque en el panteón.

Y nosotros perdimos y ganamos: Nos quitaron a un líder que habría cambiado la historia de nuestra casi infructuosa revolución, y ganamos un paradigma social que sólo sirve para que nuestros ilustrísimos presidentes le rindan seis homenajes seis durante su mandato. Y luego ni quién se acuerde.

Caros lectores, a este nuestro Dios le encanta la sátira y la ironía, y las maneja como los propios ángeles. Pues claro diría mi vecina la Juana, es el más chipocludo, si delegó en sus querubes la facultad de hacer de todo y a nosotros la posibilidad de utilizar ese tan negociado cliché para decir que lo que alguien hace es lo máximo.

Me parece bien que Diosito haga de su Mundo lo que quiera, si al fin y al cabo es suyo y puede hacerlo rollito y… desenrollarlo (soy blasfemo, no grosero, eh). Además debemos reconocer que al margen de sus picarescas ocurrencias nos merecemos muchas de las plagas bíblicas que nos caen a cada rato.

Lo que no me parece es que aunque haya un refrán que diga lo contrario, sí les dé alas a ciertos alacranes. Como a esa mucosidad humana al que (creo) bautizaron con el nombre de Enrique Ochoa Reza, quien por designios de Mefistófeles es el director general de la Comisión Federal de Electricidad, CFE, y se aventó la puntada de mandar a decirnos que de reducción a tarifas tendremos puros cuernos. Eso sí, dice que ya en dos años será otra cosa, gracias a la mesiánica reforma energética.

¿Y si me muero antes? Las estadísticas del INEGI dicen que hay una gran probabilidad que éste, su Adalid de Petate, cuelgue los tenis junto con otros seis millones más que mueren al año. Multiplicados por dos, seríamos 12 millones los que nos privaríamos del goce de ver cumplida su palabra. Aunque siendo realistas, no creo que eso ocurra (me refiero a que bajen las tarifas en dos años. Mi muerte está en manos del Humorista Mayor y espero que no le dé la gana en mucho tiempo, de mandarme al Camposanto).

No Enriquito, esa es una sinvergüenzada tuya y de tus patrones, que nomás andan viendo cómo incrementar sus utilidades y excrementar las nuestras. Suficiente palo es que en materia de energía eléctrica, la reforma abra camino a la privatización rapaz y desigual, digo yo, según analiza Miguel Ángel Toro, del Centro de Investigación para el Desarrollo (CIDAC), quien asegura no hay condiciones idóneas de competencia, ya que el Estado seguirá teniendo la rectoría del sistema eléctrico nacional y el marco regulatorio recaerá en la Secretaría de Energía (Sener), cuando debió ser en un organismo público autónomo. La Sener sigue siendo un apéndice de la Federación y ésta es la dueña de la CFE y pone y quita las reglas del juego con la consabida complacencia (e indecencia) del maiceado Congreso.

Entonces, la competencia será como una final entre el Real Madrid y el Polideportivo Ejido. Todos sabemos cómo terminará eso: Los ganones serán los de siempre y nosotros, puras habas.

Deberían empezar, sugiero, por dar un servicio digno. Se anuncian como empresa mundial, como la divina garza envuelta en huevo, y trabajan como en tiendita de pueblo: nunca encuentras lo que buscas, pero de todas maneras compras.

Mientras Dios dijo hágase la luz, el Diablo fundó la CFE.

SKETCH CÓMICO-EDUCATIVO

Dice Emilio Chuayffet Chemor, jerarca de la Educación en México, que la universidad debe producir ciudadanos valiosos, pues la instrucción académica es el antídoto de la desigualdad y la pobreza.

¿Me río o lloro por tan peculiar chiste del egresado del grupo Atlacomulco, “Universidad Carlos Hank González”?

Yo quiero decir que sí los produce, pero no es responsable de la educación que mamen en casa. O de los amigos que uno se consiga. Y menos culpable es de que tengan mañas como las suyas.

No sé a ustedes, pero a mí Acteal no se me olvida.

¿Puede dormir tranquilo, don Chemo (r)?

Se me acabó el humor.

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